Por Alicia
El estruendo que provocaban los cascos del caballo retumbaba por todo el bosque. El jinete se aferraba con fuerza a las riendas e iba al galope tendido, con la expresión desencajada por el esfuerzo. Se observaba, a todas luces, que era un mensajero; le delataban sus ropajes y el cilindro de metal que llevaba prendido al cinto. A pesar de todo, parecía absorto: el rumbo de sus reflexiones le alejaba de aquel lugar.
De repente, una figura encapuchada le salió al encuentro en un recodo del camino. Sobresaltado, el mensajero detuvo su montura, justo a tiempo.
Veloz como el viento, desenvainó la espada y aguzó la vista para tratar de reconocer al extraño que le obstaculizaba el paso. La cara se le relajó, mostrando una mezcla de asombro y alegría.
Bajó el brazo que empuñaba la pesada arma y desmontó con un ágil salto.
Cogiendo al recién llegado por los hombros, le escrutó la cara, asegurándose de que no le habían engañado sus ojos. Finalmente, con una sonrisa de aprobación, se fundieron en un cálido abrazo.
Se sentaron sobre la hierba húmeda que bordeaba el camino y observaron las últimas luces del día, el cielo teñido de naranja en el horizonte.
No pudiendo contener más la curiosidad, el jinete planteó la duda que lo atormentaba:
- Creí que estabas muerto.
- En cierto modo, lo estuve- respondió el otro, mirándole fijamente a los ojos-. Y te aseguro que no he vuelto a ser el mismo desde la batalla en los Abismos de Fuego. Verás, mi reciente… experiencia, me ha ayudado a apreciar cada momento, por insignificante que parezca. Cada sonrisa y cada llanto, cada ilusión y cada suspiro nos llenan y dan sentido a lo que somos.
- Tal vez- concedió el mensajero-. Te he echado de menos.
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dimarts, 10 de juny del 2008
diumenge, 2 de desembre del 2007
Transformación 31: Idhún
Per l'Alícia*
Ayea, la menor de las tres lunas, acababa de asomar por el horizonte, detrás de una de las múltiples cordilleras del Anillo de Hielo.
Hacía frío, y el vaho de su respiración formaba volutas en el aire.
Los dos hombres estaban absortos, pensando en los acontecimientos de los últimos días. Habían cruzado la mitad del continente, atravesando países en guerra, y otros ya desolados por ella.
La visión de los ejércitos de szish, arrasando y saqueando aldeas rebeldes a su paso, les visitaba durante la noche, cuando la oscuridad y el silencio cubrían la tierra con su manto, y la sumían en un sueño profundo.
A lo lejos se divisaban columnas de humo, y algunas brasas restantes, seguramente resultantes del incendio de las que habían sido granjas de familias humildes.
- Es hora de que volvamos a emprender camino.
Los dos viajeros formaban una pareja particular: uno corpulento, de mejillas rosadas y talante autoritario, otro, escuálido y harapiento, de salud delicada.
Se pusieron en pie, y continuaron su marcha hacia el Gran Oráculo de Nanhai. Ya hacía varias semanas que viajaban de noche, para resguardarse de miradas indeseadas.
El viento revolvía sus capas con violencia.
Uno de ellos, el de aspecto enfermizo, se apoyaba sobre un curioso bastón: era de olenko, madera ignífuga muy difícil de conseguir, y tenía una misteriosa piedra incrustada, de forma hexagonal, en el puño.
- ¿Sabes?- dijo el más voluminoso de los dos- Nada más nacer, debes prepararte para morir. Lo único seguro que tiene la vida, es que tarde o temprano te será vedada. Irónico, ¿no? Y es por eso que los recién nacidos lloran desesperadamente, nada más llegar al mundo. Por que ya la huelen.
- ¿Qué huelen?- preguntó el hombre del bastón, algo distraído.
- Sienten la muerte. La huelen, al acecho. Y con el tiempo, se acostumbran, o deciden ignorarla. Aún y así, el peso del destino siempre está en algún rincón de nuestra mente, rotundo, innegable.
*Nota dels editors: L'Alícia no té bloc.
Ayea, la menor de las tres lunas, acababa de asomar por el horizonte, detrás de una de las múltiples cordilleras del Anillo de Hielo.
Hacía frío, y el vaho de su respiración formaba volutas en el aire.
Los dos hombres estaban absortos, pensando en los acontecimientos de los últimos días. Habían cruzado la mitad del continente, atravesando países en guerra, y otros ya desolados por ella.
La visión de los ejércitos de szish, arrasando y saqueando aldeas rebeldes a su paso, les visitaba durante la noche, cuando la oscuridad y el silencio cubrían la tierra con su manto, y la sumían en un sueño profundo.
A lo lejos se divisaban columnas de humo, y algunas brasas restantes, seguramente resultantes del incendio de las que habían sido granjas de familias humildes.
- Es hora de que volvamos a emprender camino.
Los dos viajeros formaban una pareja particular: uno corpulento, de mejillas rosadas y talante autoritario, otro, escuálido y harapiento, de salud delicada.
Se pusieron en pie, y continuaron su marcha hacia el Gran Oráculo de Nanhai. Ya hacía varias semanas que viajaban de noche, para resguardarse de miradas indeseadas.
El viento revolvía sus capas con violencia.
Uno de ellos, el de aspecto enfermizo, se apoyaba sobre un curioso bastón: era de olenko, madera ignífuga muy difícil de conseguir, y tenía una misteriosa piedra incrustada, de forma hexagonal, en el puño.
- ¿Sabes?- dijo el más voluminoso de los dos- Nada más nacer, debes prepararte para morir. Lo único seguro que tiene la vida, es que tarde o temprano te será vedada. Irónico, ¿no? Y es por eso que los recién nacidos lloran desesperadamente, nada más llegar al mundo. Por que ya la huelen.
- ¿Qué huelen?- preguntó el hombre del bastón, algo distraído.
- Sienten la muerte. La huelen, al acecho. Y con el tiempo, se acostumbran, o deciden ignorarla. Aún y así, el peso del destino siempre está en algún rincón de nuestra mente, rotundo, innegable.
*Nota dels editors: L'Alícia no té bloc.
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