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diumenge, 16 de març del 2008

Transformación 147: El pollino de ramos

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Lectura, más o menos, del Evangelio según San Marcos (11, 1-11).


"Cuando se acercaban a Jerusalén, junto a Betfagé y a Betania, frente al monte de los Olivos, Jesús envió dos de sus discípulos, uno alto y con barba, distinguido; otro más enclenque y descuidado, enfermizo, y les dijo:


-Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego que entréis en ella, hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado; desatadlo y traedlo. Y si alguien os dijere: ¿Por qué hacéis eso? decid que el Señor lo necesita, y que luego lo devolverá.


Y los dos discípulos se fueron caminando despacio, abstraídos conversando sobre las últimas enseñanzas de Jesús:


- Dice el maestro que en la vida no hay tiempo para todo: reir, llorar, divertirse y abatirse, y que al tiempo de nacer ya debes empezar a preparar tu muerte. Que es hecho conocido hasta por las criaturas de pecho, y por eso lloran, pues lo perciben...


- No entiendo, perciben qué?


- El hálito de la muerte a su alrededor. Luego se acostumbran...


Llegaron a la aldea y hallaron el pollino atado afuera a la puerta, en el recodo del camino, y lo desataron. Y unos de los que estaban allí les dijeron:


-¿Qué hacéis desatando el pollino?


Ellos entonces les dijeron como Jesús había mandado; y los dejaron. Y trajeron el pollino a Jesús, y echaron sobre él sus mantos, y se sentó sobre él. También muchos tendían sus mantos por el camino, y las gentes salían a su paso y se reunió una gran multitud y le aclamaban moviendo una palmas recién compradas a los mercaderes de Elche, y los que iban delante y los que venían detrás daban voces, diciendo:

- ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas!

Y entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y habiendo mirado alrededor todas las cosas, Jesús vio una criatura que lloraba, pues presentía, como sólo son capaces de hacerlo los niños inocentes, que el final se acercaba y aún no se había acostumbrado al olor de la muerte.